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Además de todo lo contado por mis compañeras  sobre las fiestas de nuestro pueblo, como  las procesiones, el vermut, el fotógrafo que retrataba aquellos eventos para nuestros recuerdos, el baile , las tropelías protagonizadas por los mozos, que con la pandilla de turno daban buena cuenta antes de irse a dormir, del pollo o conejo que la madre tenía preparado para la comida de esos días, que todo se tomaba con buen humor , además de todo esto , se me vienen a la memoria otras cosas…

Lo que en mí dejó un recuerdo imborrable , fue en esa edad en la que se está más cerca de la niñez que en la edad de los bailes; era en los días previos a las fiestas, sobretodo  en las de agosto, recuerdo ese olor  a limpio  y a dulce de los coquillados que preparaban las mujeres para esos días, los cocían en los hornos del pueblo y había un ambiente que olía a fiesta; ¡y las casas! , ¡se limpiaban de arriba abajo!, se lavaban las cortinas, se cambiaban las puntillas de papel de las alacenas y de los armarios, tenían que brillar como los chorros del oro, esto era también, común en todas las casas.

correoAdemás rara era la casa que para estas fiestas de agosto no esperasen algunos familiares, los que en tiempos para tener una vida mejor tuvieron que emigrar, unos a Barcelona, otros a Zaragoza y a otros muchos lugares del país, y en este tiempo de vacaciones, las pasaban disfrutando las fiestas del pueblo, al mismo tiempo, que se reencontraban con las familias, que de no ocurrir algún evento triste o feliz durante el año, los encuentros se sucedían de año en año y a veces en varios años.

Unos días antes de la fiesta empezaban a llegar estos familiares, y a la hora del correo o coche de línea (a si es como se le llamaba al autobús) las gentes del pueblo se acercaban a la parada para recibir a sus parientes con  gran alegría por el reencuentro. Estas tardes de espera me encantaban.

En aquellos tiempos, principio de los cincuenta, los coches de línea eran muy destartalados, con su baca sobre el techo llena de maletas y bultos y algún arriesgado pasajero, que si no había sitio dentro del autobús, viajaba arriba  con las maletas.

Yo para estas fiestas siempre tenía familiares que esperar. Por quienes   más ilusión esperaba era  por mis primas de Barcelona, que al ser mayores que yo, siempre  llevaban en sus maletas,  entre otras cosas,   ropas que ellas dejaban y que previo arreglo por mi madre, era  yo  quien las estrenaba en las fiestas y como que venían de la capital , creía yo que todo era super moderno -maravillosa y feliz ingenuidad-.

Mi padre tenía nueve  hermanos , de los cuales vivían ocho , seis residían fuera del pueblo, por lo que en las fiestas nos juntábamos tantos que no cabíamos en la pequeña casa de los abuelos, por lo que   había que echar mano de otros familiares y también vecinos de gran confianza para alojar a algún familiar a la hora de dormir. Todo era muy natural, hoy por ti mañana por mí, muy diferente de como son las cosas hoy en día, muchas veces, no se atreve uno a ir a casa de algún familiar si no ha habido una invitación previa.

Los días posteriores a la fiesta y hasta que escalonadamente, mis parientes regresaban a sus lugares de destino, solíamos hacer excursiones al campo, a coger uvas y merendar en la viña y también a coger higos a la higuera del tozal.

Cuando se iban, todos marchaban cargados de cosas del pueblo que unos y otros les regalaban, famosas eran las cestas por las  que asomaba la cabeza de algún pollo o conejo.

Paco Martínez Soria reflejó fielmente en el cine, cómo se viajaba en aquella época, que ya hoy, está totalmente superada.

Mercedes Pueyo